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13.12.2017

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La legislación como progaganda (Aurelio Desdentado Bonete, Diario La Ley, Nº 7090, 2009)

 Al examinar, la Ley 20/2007, que aprueba el Estatuto del Trabajador Autónomo, el autor constata que algunas de sus normas responden a la nueva desviación que se produce cuando las leyes se utilizan como propaganda. De su artículo extractamos los siguientes párrafos:

 

Es ya un tópico afirmar que vivimos en plena crisis de la ley; una crisis que se manifiesta de muchas formas. En primer lugar, en el espectacular crecimiento de las disposiciones, que nos aplasta con una sucesión interminable de normas, que crea una sensación de improvisación y provisionalidad muy propia de las nuevas técnicas de legislación coyuntural. La ley se nos presenta así como un producto en gran medida efímero. Pero no se trata sólo de un desorden producido por el crecimiento cuantitativo de las normas. Se ha dicho también que estamos ante un Derecho que se está volviendo más «dúctil», más «manipulable», y en el que el ideal de justicia se separa de la ley, que tiende a convertirse en un mero instrumento de gestión. Esto puede ser más grave que el simple deterioro técnico de la ley. 

 

Recientemente está apareciendo otro fenómeno: el de la legislación simbólica o retórica. Se trata -ha dicho Alejandro Nieto- de la práctica cada vez más extendida de aprobar determinadas leyes para dar la sensación de que se está haciendo algo importante en relación con determinadas cuestiones de actualidad, cuando en realidad no se hace nada efectivo o se hace muy poco. La legislación aparece así como una forma de propaganda, mediante leyes vacías de contenido propiamente normativo, pero superpobladas de declaraciones de principios, de programas de acción, de buenos propósitos o de píos deseos. Algunas leyes, más o menos recientes, se inscriben en esta tendencia. Aparecen y brillan de pronto como un fuego fatuo; cumplen su función simbólico-propagandística en una determinada coyuntura y luego se desvanecen, dejando una estela de inconsistencia y de inanidad. 

 

¿Qué sentido tienen todos estos malabarismos? Pues, aunque pueda parecer lo contrario, tienen un sentido muy preciso que se explica en términos simbólicos. La ley surge con un título flamante y crea la ilusión de que se ha dado un enorme paso adelante en cuestiones que preocupan a la opinión pública. Puede que sea así o puede que no. Dependerá del porcentaje de normas ficticias en el texto total. Pero esta cuenta sólo la hacen quienes han leído y estudiado la norma, es decir, una minoría muy minoritaria. Para el resto es el efecto mediático el que cuenta. Y de esta forma el juego ilusionista puede cumplir su función con independencia del contenido normativo real. Si es así, la ley se habrá convertido en propaganda 

 

   
 
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