A A A

Internet nos permite acceder a fuentes de información inimaginables hace tan sólo unos años. Las publicaciones digitales y los enlaces que ofrece Liberlex se irán enriqueciendo a medida que aumenten sus colaboradores. Te invitamos a participar activamente en este proyecto, cuyo capital es fundamentamente humano.   

19.08.2019

Menu Principal

Información y Enlaces

El Estado, caja de socorros
El Estado, caja de socorros (Francisco Sosa Wagner, en El Mundo, 18 de noviembre de 2008).

 

En una situación de crisis que nos está vapuleando a todos, Francisco Sosa Wagner reflexiona, e invita a los demás a hacerlo, sobre nuestras estructuras políticas y administrativas, así como sobre su relación con algunas instituciones públicas y privadas (el Estado, los bancos, las grandes empresas de sectores clave de la economía, los partidos políticos… ¡Ahí es nada! dice Sosa Wagner). 

Su escrito es un verdadero artículo de opinión, cosa que no se puede decir de otros que se publican como tales. Se podrán compartir o no las reflexiones del autor, pero éste transmite un mensaje claro, razonado y redactado con envidiable literatura (repárese en el perfecto dominio del castellano y el uso de palabras olvidadas). De la vieja concepción del Estado, como advierte el autor, poco queda; hay un proceso de transformación tan extraordinario que las grandes decisiones que nos afectan a todos no se toman aisladamente por cada Estado, sino que son fruto de pactos internacionales. Por eso llama la atención el autor sobre visiones caducas, nacionalismos miopes y federalismos mal entendidos. Leer más

 

Del citado artículo extractamos lo siguiente:

… La aparición en el espacio europeo de unos pueblos venidos de todos los continentes está convirtiendo a la nacionalidad en algo contingente… Es más: no resulta aventurado sostener que se está formando un pueblo europeo, aunque se trata de un proceso lleno de incógnitas y de complejos meandros, forzosamente lento: tan lento como por cierto fue históricamente el proceso de creación del pueblo español o del pueblo alemán, que no surgieron en un rato perdido de la Historia.

En fin, del poder concebido como instancia con voluntad soberana, superior, única en el territorio, ¿qué queda? Hoy en día, a tal voluntad no se llega sino a través de pactos con otros Estados… 

Pero el Estado es como la materia en la física: ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma. Agónico el Estado nacional tradicional, es preciso proclamar bien alto un ¡viva el Estado!. Porque el Estado no puede convertirse en un ser fantasmal y melancólico que vague sus soledades por los espacios. Antes al contrario, se necesita un poder fuerte y democráticamente organizado que legitime decisiones y medidas que afectan a millones de ciudadanos…

Esto es lo que hacen en estos días los Estados europeos -o el estadounidense-: aparcadas las recetas neoliberales que han pretendido someterlo a una inflexible cura de adelgazamiento, se presentan de nuevo en el escenario luciendo su energía, formidable y ordenadora. Todos se han vuelto hacia él pidiéndole una caridad, la mano amiga que nos ayude a atravesar el río crecido y en ejarbe.

…Este es el modelo que, a trancas y barrancas, con todas las dificultades imaginables, nos ofrece la construcción europea en la que es obligado creer y en la que es obligado avanzar para erigir esa Europa cosmopolita que nos libere de la miopía nacional. Es -como he explicado en algún lugar- la Europa de un poeta como Schiller, autor del Himno de Europa (A la alegría de la Novena de Beethoven) y que utilizó Alemania para su Wallenstein, Francia para La doncella de Orléans, Suiza para Guillermo Tell e incluso España para su Don Carlos.

Precisamente esta crisis nos ha puesto de manifiesto de manera expresiva la exactitud del discurso que vengo sosteniendo. No habrá más forma de organizarse en el futuro, para dar respuesta a las secuelas que las circunstancias actuales dejarán en nuestras pieles, que abandonando la ciencia zombi de la mirada nacional. Pues el gran poder económico, tanto el de las instituciones públicas como el propio de los grandes conglomerados privados, que antaño se ejercía sobre un territorio acotado, tiene hoy como signo distintivo el hecho de independizarse de lugares concretos, es decir, moverse en un marco de extraterritorialidad, que es su arma formidable.

Pero al mismo tiempo descubrimos la enorme dependencia de las instituciones públicas, con poderes de ejecutividad y de coerción en parte cuestionados, de las poderosas instituciones privadas y, en especial, de unos institutos de crédito, que, al entregarles todos nosotros nuestras nóminas, nos atrapan en un abrazo tan ceñido que quedamos uncidos a su suerte: gozosa si es buena; desventurada si es aciaga. No parece haber escapatoria. El Estado, caja de socorros.

A todo ello hay que añadir, para complicar la maraña, la dependencia de los partidos políticos de esos mismos bancos a los que deben sumas ingentes de dinero. Un cierto escalofrío recorre el cuerpo cuando pensamos en esta realidad estremecedora…

Se comprenderá, a la vista de este nuevo panorama, cuán viejos se nos ha quedado la hucha de conceptos en la derecha y en la izquierda. Como ha escrito Víctor Pérez Díaz en su última y magnífica obra -El malestar de la democracia-, “no es que en cada momento y lugar no haya diferencias; sino que izquierda y derecha, en general, aspiran a una definición y a una determinación unívocas que unifiquen su trayectoria en el largo plazo; y es esa la determinación que falta o, cuando no falta, es vacua”.

Y se comprenderá, asimismo, con cuánta caspa se nos aparece ahora toda la teoría de las “competencias blindadas” de Estatutos como los de Cataluña, Andalucía, etcétera. Por cierto, cuando se trata de engrasar el sistema financiero, ¿dónde están esas comunidades autónomas que tanto brío suelen poner a la hora de instalar la mesa petitoria? Porque debe saberse que en Alemania los Länder han sido llamados a pasar por caja. Así se las gasta el federalismo serio. Por aquí gastamos un federalismo que “facie a todas guisas tuerto e falsedat”, que diría el abuelo Gonzalo de Berceo.

 
   
 
Volver Arriba